A 140 años del 1° de mayo

El 1° de mayo de 1886 en Chicago, Estados Unidos, comenzaron una serie de protestas y movilizaciones orientadas a reducir la jornada laboral. Los turnos de trabajo podían llegar a superar las 12 horas diarias. Se buscaba, entonces, llevar a la práctica la consigna 8 horas para trabajar, 8 horas para la recreación, 8 horas para dormir. ¿Qué sentido tiene recordar esto hoy? El mundo cambió, y en el medio ocurrió de todo. Hubo guerras, revoluciones y contrarrevoluciones. ¿De qué sirve, a exactos 140 años, recordar esta fecha?

Aquel 1° de mayo de 1886, la lejana ciudad de Chicago fue el epicentro de protestas cuya magnitud no se disiparon con el correr de los días. El 3 de mayo, los trabajadores movilizados fueron reprimidos. Al día siguiente, se realizó una masiva concentración en Haymarket, que era el mercado de la ciudad. El gobernador del Estado había garantizado la seguridad del acto. Pero para el final del día, entre la desorganizada desconcentración, hubo una explosión que dejó el saldo de 38 muertos y 113 heridos. Nunca pudo ser esclarecido el autor intelectual y material de esos asesinatos. Sin embargo, hubo ocho condenados. Ninguno estuvo aquel día en Haymarket. No importaba, era necesario un fallo ejemplar. La justicia fue utilizada para condenar el reclamo obrero. El cuerpo lo pusieron, justamente, ocho obreros. Ellos fueron: Parsons, Spies, Fielden, Schwab, Fischer, Lingg, Enge y Neebe. Pasaron a la historia como Los Mártires de Chicago. Victimas de un sistema hipócrita que condena inocentes para justificar fines espurios. Dos décadas después, conmemorando estos acontecimientos, ocurrió en Buenos Aires la llamada Semana Roja. Un 1ero de mayo de 1909, la FORA celebrara el día de los trabajadores cuando una violenta represión se desató en las inmediaciones de la Plaza Lorea. La policía al mando de Ramón Falcón dejó diez muertos y un centenar de heridos. Todo el arco sindical de ese momento convocó a la huelga general, mientras el Gobierno llenaba las carceles y cerraba locales obreros. El 8 de mayo la huelga fue levantada con el compromiso de las autoridades de liberar a los presos y permitir la apertura de los locales.

A 140 años de los acontecimientos de Chicago, recordar esta fecha puede servir como una estrella que guíe nuestro horizonte. Para saber cuáles son nuestros objetivos, quiénes son nuestros enemigos, quiénes nuestros amigos. Es decir, puede servir para hacernos las preguntas correctas. No es menor cuando, del otro lado, quieren explicar nuestros problemas en base al argumento de no hay plata. Sí la hay, pero está concentrada y en el exterior. Aún con todo lo que pasó, con el ida y vuelta de la historia, tenemos una clase dominante local sin proyecto de país, incapaz de pensar y menos aún de llevar a la práctica una sociedad capitalista que los siga teniendo en la cúspide pero que no deje en la exclusión y en la marginalidad a millones de compatriotas. Esa clase dominante que puede estar incomoda con algunas gestualidades del gobierno, pero que quiere implementar cuanto antes la retrograda reforma laboral. La justicia hoy parece avalar esa legislación antobrera. La misma justicia que utiliza su valioso tiempo en, por ejemplo, perseguir bajo el mote de “asociación ilícita” a aquellos que se niegan a perder poder adquisitivo (en criollo, que tienen el tupe de no querer cagarse de hambre). En esta realidad, que parece cuesta arriba, sirve recordar ese 1ero de mayo de 1886. Porque esta no es la primera vez que se puso difícil. Y, en otros contextos aún más difíciles, se pudo.

Hoy, con distintas estrategias, las organizaciones obreras se preparan para enfrentar a un Gobierno empecinado en retrotraer las relaciones laborales 100 años. Lo hacen disputando en la misma arena judicial, como en la calle y en los lugares de trabajo. En esto último, mención a nuestro querido Beto: “Juntos somos invencibles”. Por más diferencias que tengamos con el compañero de al lado, tenemos una o dos cosas en la que pensamos igual. Que son las que verdaderamente importan. En las que nos debemos apoyar para dar todas las peleas, en todos los contextos y en todas las escalas. Queremos un trabajo. Un buen trabajo. Porque queremos dignidad.